La última

alejandro puerta
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Un pinchazo en el costado derecho le despierta de forma abrupta. Le despierta y le enfada. Vicente cierra los ojos y vuelve a concentrarse en el calor de su cama mientras el dolor va desapareciendo. La cabeza embotada no mejora su situación y el malestar general es tan reconocible que ya no se siente decepcionado consigo mismo.
No tenía que haberme tomado esa última copa.
No tenía que haberse tomado esa última copa, ni las cinco anteriores ni las tres rondas de chupitos que su querido amigo le había casi obligado a beberse. Pero un día es un día y las buenas noticias hay que disfrutarlas, o al menos eso le dijo Ramón cada una
de las veces que se acercaba a la barra para festejar su ascenso.
Se incorpora sobre el colchón y planta sus pies en el frío suelo. Es una mezcla de placer y desagrado, pero se lo toma como un paso más para huir de la resaca. Se levanta con las manos en las rodillas, apura el pasillo y se apoya sobre la encimera de la cocina americana que se estructura entre el descansillo que te lleva a la puerta principal y el salón abierto. Mira la piedra perfectamente lisa bajo las palmas de sus manos y nota de nuevo el frescor entrando en él.
Un poco menos de resaca, se supone.
Se agacha rezando para que el pinchazo no regrese y saca del congelador un par de hielos de la bolsa que compró un par de semanas atrás para tomarse la última con aquella profesora de infantil. ¿Berta? Qué más da.
No tenía que haberme tomado esa última copa.
Llena un vaso de agua y los hielos salpican al entrar en él lanzados con desgana. Pasa la mano sobre las gotas y se las lleva a la nuca. Frío otra vez. Cierra los ojos y se bebe el vaso de un trago. Se vuelve a apoyar sobre la encimera y se lleva el vaso con los hielos a la cara. Se restriega la húmeda superficie sobre la mejilla y acaba manteniéndolo en la frente. Necesita que su cuerpo ponga de su parte, si no la resaca le va a parecer insalvable. Le dolerá la cabeza eternamente.
Como un zombie se arrastra hasta el sofá, se tira, se acomoda y con los ojos cerrados alcanza el mando a distancia que ha localizado con el mínimo esfuerzo. Pulsa el botón de encendido y reza para que el volumen esté lo más bajo posible. No cree en Dios, así que nadie escucha sus plegarias y una canción rompe el silencio hasta casi perforarle los tímpanos. Entonces recuerda que la noche anterior llegó a ese mismo sofá y
encendió la televisión para sintonizar un canal de radio de la TDT, el mismo que ahora atrona sus sentidos. Como puede, baja el volumen y el dolor mengua proporcionalmente.
Anoche encendió la tele, recuerda. Encendió la tele y cantó.
Y no estaba solo.
Abre los ojos y su corazón se agita. Vino con una mujer. Vestido rojo. Morena.
Imágenes sueltas nublan su mente y ya no siente la resaca. Aunque estar, está. Y tanto que sí está.
No tenía que haberme tomado esa última copa.
Inspecciona el salón por encima y no ve nada extranjero. Ni unos tacones, ni ropa interior. Traga saliva y vuelve sobre sus pasos hasta apoyarse en el marco de la puerta de su habitación. Al otro lado de la cama no hay nadie. Buena señal. Entonces no hay nada de qué preocuparse. Se sorprende de haber sido capaz de seguir con el protocolo incluso con la borrachera que llevaba.
Se acerca a su mesita de noche, abre el primer cajón y saca la llave del cubilete de madera que le regaló su abuela cuando tenía siete años. Cierra el cajón, abre el armario de al lado, introduce la llave en la caja fuerte y saca otra llave, más recia que la anterior. La palpa y la disfruta entre sus dedos. Sonríe.
Se dirige a la puerta del fondo del pasillo y pega la oreja sobre la superficie intentando ser delicado. No escucha nada al otro lado. Ni lo escucharía en mil vidas porque esa habitación esta tan insonorizada que una orquesta podría tocar su pieza más estridente sin que el animal con mejor oído de la creación pudiese percibir una sola nota desde exterior.
Pero le hace ilusión.
Le hace ilusión hacer el teatrillo, como si fuese el protagonista de su propia película.
Achina los ojos prolongando su interpretación y vuelve a la verticalidad más solemne. Introduce la llave en la cerradura superior y la gira. Espera a que la pantalla se ilumine y cuando aparece la luz verde, la pulsa. Introduce la llave en la cerradura inferior y la gira. Pulsa de nuevo la pantalla y se escucha un leve siseo a la vez que la puerta se abre un par de centímetros.
La resaca ya es cosa del pasado. Ni el frío del suelo bajo sus pies, ni un vaso de agua helada, ni el escalofrió al pasarse el hielo por su cuerpo. Lo que de verdad le quita el malestar es la adrenalina.
Introduce los dedos en la pequeña abertura y utiliza toda su fuerza para abrir aquella mole de metal. Es la puerta al cielo. Al paraíso. Y solo con respirar el ambiente que se escapa de la habitación se le erizan los pelos de todo el cuerpo.
Automáticamente la luz se enciende y es tan respetuosa con su delicado estado que se ríe al recordar que la última vez programó esa intensidad concreta para que no volviese a deslumbrarle tras una noche como la de ayer. Como la de la última vez.
Berta era, ¿no?
Abre la puerta por completo y se introduce en su lugar favorito. Siente como si tuviese delante una colección de trofeos conseguidos con sudor y lágrimas. El orgullo inunda por completo ambos hemisferios de su cerebro y se olvida de por qué está abriendo esa habitación cuando su estricto calendario no tiene una visita concertada para ese día.
Pero cuando ve que están en su sitio se tranquiliza. Berta quietecita en su jaula, hecha un ovillo mirando a la pared. Y la otra sentada y amarrada en su esquina. ¿La Otra? No recuerda su nombre y ni siquiera sabe si en algún momento se lo había preguntado. Su memoria afina y le reproduce el momento en el que se iba a su casa y La Otra se le cruza en su camino, con los tacones en la mano y pidiendo un poquito de
atención.
Él solo quería cogerse un taxi e irse a su casa a dormir. Pensó que el destino era caprichoso y que quién era él para negarse a una noche de placer y, ¿por qué no?, a un nuevo trofeo. Aunque no fuese el momento. Aunque no hubiese terminado con Berta.
Se harían compañía. Un buen anfitrión hace lo que sea por sus huéspedes.
Vicente camina lentamente hasta La Otra, que lleva un vestido rojo, más holgado y un poco más roto que cuando se había desgarrado el lateral al subirse encima suya en los asientos traseros del taxi hasta su casa. La mira y ve que tiene toda la cara oscurecida
por el maquillaje corrido. La Otra se mueve con lentitud, esta medio inconsciente o medio dormida. Vicente se sorprende de su fortaleza, con la combinación de alcohol y sustancias extras que le había echado en la copa debería estar fuera de combate.
Vicente la mira como a un animalito indefenso. Aunque no merece tal adjetivo, no era tan indefensa la noche anterior. Vuelve a mirarla de arriba abajo y se vanagloria de lo buena persona que es al creer que la vistió después de dejarla inconsciente, aunque en realidad fue el pañuelo empapado en cloroformo el que hizo el trabajo después de que su conquista se dispusiese a irse a su casa a medio vestir.
Eso no iba a ocurrir de ninguna de las maneras. Y si todas las drogas del gintonic no habían hecho su efecto, utilizó a su querido amigo el cloroformo para que hiciese el resto.
A pesar de no recordar nada, arruga la nariz mientras piensa que fue una gilipollez vestirla y que acabará desnuda como su compañera. Así es más divertido, estaba comprobado. Observa también que no es tan guapa como le había parecido, quizá era aquella luz tan blanca. O el pelo sobre la cara. O todo ese maquillaje mal extendido.
Mira a Berta para ver si le pasa lo mismo con ella, aunque cuando la conoció no estabaen el mismo estado de embriaguez. La espalda  desnuda de Berta es lo único que puede ver y observa que el tono de la piel es parecido al de La Otra. Será la luz. Vuelve la cabeza para comparar tonalidades y nota como un objeto contundente se estampa contra su sien tumbándolo como si fuese un muñeco de trapo.
La Otra se levanta y sale corriendo.
Vicente siente cómo su cabeza sangra y le enrojece la visión por completo. Desde el suelo parpadea con fuerza intentando recuperar la consciencia que pierde por segundos. Está mareado, dolorido. Está casi KO. Logra focalizar y ve cómo la esposa que cuelga de la pared está en el suelo, abierta. No la cerró bien.
No tenía que haberme tomado la última copa.
Desde el suelo se intenta girar sobre sí mismo y siente de nuevo el peso de todo sucuerpo. La resaca ha vuelto y el suelo se mancha con cada gota  de sangre que brota de su sien. El corazón le va a mil.
Si La Otra sale de casa es el fin.
Si La Otra avisa a alguien es el fin.
El fin.
Consigue sentarse y dirige su mirada hacia la puerta. Ni rastro de La Otra. Se apoya sobre las rejas de la jaula donde Berta sigue inmóvil y se pone de pie. ¿Estará muerta?
Qué más da. Necesita encontrar a La Otra.
Se tambalea y logra llegar al umbral de la puerta. No escucha nada y se prepara para buscarla por el apartamento. Sabe que no ha podido salir sin la llave de la puerta principal que está en el jarrón de yeso que pintó y regaló a su madre por uno de sus
cumpleaños cuando apenas era un crío.
Le duele la cabeza, pero no sabe si es por el golpe o por la resaca. Se inclina por la resaca. Revive el golpe y no sabe con qué ha podido ser. Intenta hacer memoria y le vuelve a la mente la imagen de La Otra andando en la calle con los tacones en la mano.
No hacía faltar vestirla entera, Vicente, se dice mientras abre las narinas e intenta tranquilizarse mediante inspiraciones profundas.
Busca a La Otra por toda la casa sin encontrar absolutamente nada. Ni un ruido, ni una señal. La puerta principal sigue cerrada y sellada. Nada ni nadie ha salido del apartamento. Vuelve a su habitación y enciende la luz. Se queda paralizado un instante, agudizando su oído tanto como el pitido que todavía escucha dentro de su cabeza le permite.
Nada.
Mira el armario empotrado del fondo. Solo puede estar ahí. Sin perder de vista su objetivo camina lateralmente hasta la mesilla de noche. Esta vez abre el último cajón y coge la pistola que hay pegada con esparadrapo a la parte superior.
Apunta a la puerta mientras se acerca al armario. Va descalzo. Su cuerpo no emite ningún sonido. Se siente de caza. Como cuando el calendario le avisa de que es hora de tener una nueva huésped, pero con un poco más de acción.
Acerca la mano lentamente al asa. Unos centímetros más. Tirará con fuerza y disparará a lo que se mueva. Como un profesional. Ya se encargará de justificar su pasión por los petardos si algún vecino se lo menciona.
Palpa el asa y cuando va a agarrarlo, la puerta se vence hacia él con violencia y le golpea con tanta fuerza que cae hacia atrás. La pistola se le escapa de la mano y La Otra cae en su estómago clavándole el codo con todo su peso. Vicente se retuerce de dolor y se encoge para tomar aire, pero nota en su mano la falda del vestido de La Otra. Cierra el puño y la atrapa. La Otra intenta salir de allí, pero es retenida y cae
hacia atrás. Quiere zafarse de Vicente, pero este no está por la labor.
Si La Otra avisa a alguien es el fin.
Vicente tira de ella una segunda vez y hace rodar a La Otra, que grita y choca contra la pared del fondo. Asustada se incorpora todo lo rápido que su cuerpo magullado le permite, pero cuando quiere volver a embestir a Vicente, este sostiene la pistola apuntándola mientras mantiene una sonrisa inquietante en sus labios.
— Ya vale, pórtate bien…
La Otra se pega a la pared y se acurruca.
Vicente tose y recupera al aliento mientras se levanta y la mira. En esa postura la había encontrado minutos antes. Menos luz, menos palidez. Apunta a su cabeza y piensa que no es un final posible. Necesita saber su nombre. Así es más divertido. Esta comprobado.
— ¿Cómo te llamas?
La Otra no contesta y se abraza a sus rodillas haciéndose aun más pequeña.
Vicente se acerca y se pone a su altura. Estando de rodillas busca su mirada, pero el pelo cubre toda su cara. Con la punta de la pistola retira un mechón.
— ¿Cómo te llamas? No recuerdo si en algún momento…
La Otra se gira lentamente, mientras siente el frío del metal en su frente.
— Berta. Me llamo Berta —susurra.

 

Berta se despierta de golpe cuando escucha como sisea la puerta de la habitación.
No toca. Hoy no toca.
Duda de si ha perdido el control del tiempo, pero no, está segura de que hoy no toca visita. La luz se enciende y ella se gira asustada para ver qué quiere ese hijo de puta.
Para ver qué más quiere, mejor dicho. Al moverse nota el frío del suelo al tocar lugares sobre los que no estaba posada su piel segundos antes. Pero eso es lo de menos.
Vicente arrastra a una mujer morena al interior de la habitación. Ella está medio desnuda. Él lleva unos calzoncillos morados. Son los mismos calzoncillos que llevaba la noche que cayó en la trampa. Ese color no se le olvidará jamás. Ni ese color, ni el olor de su perfume al tenerlo encima, ni el gintonic que no debió tomar y, que según todas las vueltas que le ha dado a aquella noche, tenía la droga suficiente para llevarla a estar allí metida.
Vicente se tambalea mientras coge a la mujer por las muñecas y la sitúa de malas maneras en la pared contraria, a un par de metros de su jaula. Sale de la habitación tras chocarse con el marco y vuelve segundos después con lo que parece la ropa interior que le falta a su nueva compañera. Vicente la mira un segundo, como recayendo en que la tenía ahí encerrada, y en sus ojos ve lo borracho que está.
Y de repente, se enciende. Una bombilla se enciende en su cabeza como nunca antes se había encendido. Se enciende y le embriaga el nerviosismo. Hace unos segundos estaba dormida, ahora su cerebro está funcionando a toda máquina.
¿Es el momento de intentarlo? Sí. Puede que no haya otro momento. Solo se le ocurre una cosa. Así que va a por ella como un toro a por el torero que duda. Y cuando ve a Vicente que casi se cae de frente al intentar coger de nuevo a aquella mujer, siente que puede funcionar.
Se pone al borde de la jaula y calcula el momento. Vicente se da por vencido y cree que es suficiente, se aleja hasta alcanzar las pertenencias de su nueva víctima y se las tira por encima. Vuelve a observarla y disfruta de verla indefensa y medio desnuda. A su merced. Como le gustan a él las mujeres.
Berta no siente nada por él, ni asco, ni odio. Ahora mismo solo está concentrada en su plan.
Vicente coge el bolso de la mujer y lo deja en la esquina más cercana a la puerta. Donde ninguna de las dos puede llegar jamás. A Berta no le importa. Está a lo suyo. Callada y concentrada.
Ve cómo se vuelve a acercar a la mujer, que yace en el suelo con un tirante fuera de su correspondiente brazo, la falda del vestido subida, y la ropa interior sobre ella de cualquier manera. Da dos pasos irregulares y consigue coger con una mano las esposas que cuelgan de la cadena anclada a la pared. Berta no se inmuta ni al recordar qué pasa cuando a ella la droga y la saca de allí para atarla a esas mismas esposas.
Concentración absoluta.
Vicente se agacha para coger la muñeca de la mujer cuando Berta sabe que es su momento y grita. Grita mucho. Tanto que Vicente, del susto, se vence hacia delante y cae sobre la mujer. Berta se pega a la pared y espera represalias. Vicente tarda en levantarse, pero cuando lo hace se va contra la verja de la jaula y devuelve el grito.
Borracho como una cuba. Resuena tanto que Berta se tapa los oídos, pero esta contesta con otro grito más potente. El plan, el plan, el plan. En esta ocasión es Vicente el que recula y se lleva las manos a la cabeza.
Silencio.
Berta mira a la puerta, abierta de par de par en par. Desde su ángulo solo ve un trozo de pasillo. Vicente sigue con la mirada perdida en ella. Parece que la traspasa. Berta vuelve a mirar con deseo la puerta y entonces tiene la atención completa de su secuestrador. Este sonríe y mira al pasillo, imitándola. Se ríe. Más. Y vuelve a reírse.
Berta calla y sigue con el teatrillo, mirando con pena al pasillo.
Vicente deja de reírse y levanta el dedo índice a modo de advertencia. A continuación, lo mueve de lado a lado. No. Despacio. No. Se cree vencedor del asalto, de la batalla y de la guerra. Siempre gana él. Es entonces cuando se va hacia la puerta, casi zigzagueando, y se gira para mirarla de nuevo antes de cerrar la puerta de la salvación y dejarla encerrada en el infierno hasta que él decida.
Berta espera unos segundos a que la luz de emergencia se encienda. La puerta está cerrada y bloqueada. No saldrá de allí. No es ese instante. Pero esta más cerca que nunca de poder hacerlo. Entonces espera a que sus pupilas se acostumbren a la semi oscuridad y emite un grito ahogado de alegría al comprobar que, efectivamente, el idiota no ha llegado a esposar a aquella mujer que sigue tumbada en el suelo de la habitación.
Desde ese momento su plan pasa a la segunda fase.
Se pasa un rato largo intentando despertarla, pero es imposible. Esta muy drogada. Va a tener que esperar. Cierra los ojos, se acurruca y se balancea intentando controlar la ansiedad, el miedo y la impotencia. Se pasa horas deseando que su plan salga bien. Ha conseguido lo más difícil. Ahora solo necesita un último empujón.
Observa el suelo y sabe que necesita uno de esos zapatos de tacón. El que está pegado a la espalda de la mujer, mejor. El otro está demasiado lejos. No necesita más que uno.
Su mente se imagina que ese tacón está más cerca, que alarga su brazo, lo alcanza y puede romper la cerradura con él. La imaginación no le saca de la jaula.
Espera y espera.
Y espera.
Hasta que aquella mujer, que parece estar cerca de ser un ángel salvador, mueve un brazo de forma intuitiva. Como cuando vas al pueblo y se te posa una mosca mientras estás tumbado en la hamaca del patio de casa de tus abuelos y sabes que moviéndote se va a ir volando.
Berta se pega a la verja y la llama.
Otro movimiento.
Berta grita.
La mujer mueve la cabeza, parece que enfoca y vuelve a cerrar los ojos para dejarse llevar por las toxinas. Berta estalla y golpea la verja haciendo todo el ruido que puede.
Pero nada. Toca esperar de nuevo.
Ha pasado tanto tiempo que a Berta le ha dado tiempo a rendirse tres veces. Pero cuando ve que la mujer de nuevo parece volver en sí, la ilusión es la misma que cuando había gritado a Vicente por primera vez.
En esta ocasión la mujer solo necesita un par de gritos para fijar su atención en Berta. Comprende lo que le cuenta y entiende la situación. O al menos eso parece. Pero también parece que no puede moverse. Su cuerpo todavía no es capaz. Berta recuerda cuando despertó en esa misma situación y lo que le costó recuperar la movilidad. No va a tener tiempo. Intenta convencerla de que se concentre. Solo necesita que le
acerque el zapato y luego ella se ocupará de todo.
Le susurra que van a estar bien con la mayor empatía y delicadeza que es capaz de expresar.
Berta suspira y sabe que no depende de ella. Se da la vuelta y apoya su espalda contra la verja. Como dándole espacio a su ángel hasta que pueda liberarla.

Berta comienza a imaginarse el pasillo, primero. El salón, después. Va caminando por él. Flota hasta la salida. Una vez allí, en el descansillo que vio por última vez saliendo del ascensor entre risas y amable compañía, le espera su madre, para darle un abrazo y llevarla a su habitación pintada de rosa con todos sus juguetes. Es día de Reyes y vuelve a su hogar. A su cama, a su vida. A comenzar otra vez abriendo regalos a ver si están todos los de la carta que había enviado semanas antes rumbo a Oriente. Huele a CocaCao caliente y a roscón. Huele a papá dándole un beso en la frente. Huele a felicidad hasta que un sonido le devuelve a la oscuridad. Ha notado una vibración. Se gira. El zapato había impactado contra la verja y su espalda había sentido el mensaje del ángel.
Es su ángel.

Berta coge el zapato y lo acerca al candado del extremo. Lo agarra fuerte y lo golpea con rabia. Es un zapato bueno, duro, y el tacón lo es aun más. Es un ariete digno de la mejor película de fortalezas asediadas que sucumben al destino.
Un, dos, tres, cuatro golpes. Cinco. Diez. Cien. Mil. Hasta que el candado dice basta y se abre.
Berta lo mira sin saber si seguía dentro de la ensoñación.
Sal.
Empuja la verja y gatea hasta el exterior. Está de pie. Las piernas le flojean y se siente extrañamente libre. No. Todavía no.
Se acerca a su compañera y la desnuda. Se disculpa y se prepara para cogerla en brazos. Es pequeña, como ella. A duras penas la introduce en la jaula y se mete dentro con ella para ponerla mirando contra la pared. Echa un ovillo.
Sale y cuelga lo que queda del candado en la cerradura.
Coge la ropa, se la pone y se siente muy muy rara. Lleva dos semanas desnuda. Se lanza a por el bolso, coge maquillaje y se pinta la cara a oscuras, como cuando salía de fiesta a escondidas y se tenía que acicalar en el portal. Cuando acaba, mete todo en el bolso y lo deja donde estaba. Con las palmas de las manos se restriega la cara y se embadurna de maquillaje.
Entonces se acerca a la jaula y pide a su ángel que no se mueva.
Luego se pone en la misma posición en la que Vicente había depositado a la mujer. Y solo tiene que esperar.

 

Vicente no comprende nada. Le coge el pelo y se lo retira de la cara. Entonces comprende que le ha estado engañando todo el rato. Que no es La Otra. La resaca no le permite asimilar qué ha podido pasar. Hace por recordar algo de la noche anterior, pero sigue sin ser capaz.
No tenía que haberme tomado la última copa.
Es en ese instante cuando recuerda que Berta solo sigue con vida porque no sabía cual era su nombre. Caso resuelto.
Entonces, levanta el brazo, apunta y siente un pinchazo en el costado derecho. ¿Otra vez? No. Un pinchazo no. Un tremendo dolor. Se lleva la mano a las costillas y nota algo clavado. Es un cuchillo. Y de los grandes. Le fallan las piernas, cae al suelo y la pistola se aleja.
Se está desangrando.
Mira al techo, intentado darle un sentido a todo aquello. Pero no hay más sentido que se está muriendo.
Ve como Berta, con el vestido rojo se mete en el plano que tiene de la lámpara de su habitación y a continuación, al otro lado, entra en escena La Otra, la Verdadera Otra.
Vicente observa a las dos, desnudas y a su merced. Como le gustan las mujeres.
Pero eso ya solo está en su imaginación.

Berta se ha hecho con la pistola.
Apunta.
Y dispara.

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Autor: Tú mismo

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Soy un apasionado del SEO y la Formación

«El tiempo pone a cada uno en su lugar… bueno, si tienes una estrategia quizás un poco más arriba»

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